El color de la Navidad
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Foto: "Christmas star" mariya.m. Pixabay. |

El pinchazo
Por Marisa Díez
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Imagen: María Pedreda |
Esta mañana, en el hospital Zendal de Madrid, dos mujeres se acercan nerviosas a la entrada. Una de ellas tiene cita para vacunarse y su amiga pretende a toda costa acompañarla durante el proceso. Cuando le indican que debe permanecer en el exterior, se escucha un “qué pena” y un “mucha suerte” que la mujer acierta a pronunciar casi entre sollozos. Entonces, las dos se funden en un abrazo intenso, como si esa media hora escasa que transcurrirá hasta reencontrarse fuese una eternidad, y no el tiempo mínimo necesario para llevar a cabo la vacunación. Pero ellas se abrazan como si no hubiera un mañana y yo intuyo las sonrisas cómplices de todos los que observamos la escena, escondidas bajo nuestras mascarillas. Otra vez se me nubla la vista y ese nudo en la garganta amenaza con ahogarme. Hace sólo tres días que recibí mi primera dosis y desde entonces paso de la risa al llanto con total facilidad.
Y es que, cuando aquel mágico mensaje parpadeó en mi móvil, las horas empezaron a transcurrir con una lentitud pasmosa. No veía el día de sentarme a recibir tan esperado pinchazo. Llegado el momento, sentí claramente esa especie de elixir traspasando mi piel. Este bicho va a seguir dando guerra un tiempo más, pensé para mis adentros. Pero como estaba pletórica, abandoné todo pensamiento negativo. A continuación me dirigí a la zona que me indicaron, con una sonrisa de oreja a oreja, donde esperé los diez minutos de rigor para prevenir cualquier reacción adversa. “Vamos a por ti, maldito virus, y vamos a vencer”. Me pareció que algo similar pensaban todos los que allí esperaban en silencio, enfrascados en sus móviles; apenas se oía un susurro. Sin embargo, a mí me dio por reír. A carcajadas. Y no podía parar.
De haber sido posible, hubiera llenado de besos a todos esos ángeles de la guarda que administran las vacunas a diestro y siniestro, por aquí y por allá, sin pausa, pero sin prisa. Hubiese querido poder explicarles lo que sentía, el agradecimiento eterno a su dedicación, pero no me salieron las palabras. Sólo acerté a dar las gracias una y otra vez. Y entonces recordé la angustia, el miedo, la sinrazón…
Como si se tratara del tráiler de una película de ciencia ficción, visioné con claridad al abuelo que, desde su terraza, cada tarde a las ocho en punto, nos daba la señal para comenzar los aplausos. Reviví las mañanas de encierro buscando un rayo de sol que se filtrara por la ventana. Las colas interminables y silenciosas en los hipermercados. Las imágenes de hospitales en frenética actividad y las morgues colapsadas. La inquietud e incertidumbre que se adivinaba en las miradas. Y más tarde, la primera vez que vi a mi madre, cuatro meses después. Esa impotencia al no poder apenas tocarla. Y los que se fueron. Por encima de todo visioné a los que ya no están. Recordé a Rosa, de quien no pude despedirme, a pesar de conocerla de toda la vida. A Esperanza, que perdió a su hermano de manera absolutamente inesperada. A Charo, que pasó los primeros días de la pandemia ingresada en el hospital, con el miedo incrustado en el cuerpo y en el alma. Y a Manolo, a Vicenta, a Javi, a Fernando…, tantos nombres propios, conocidos y ajenos, que dieron la batalla con diferente fortuna. Sí, ahora el fin de la proyección está más cerca, pero todavía nos resta por leer los títulos de crédito.
Aún tardaré al menos tres semanas en recibir mi segunda dosis y ya estoy haciendo planes para cuando se muestre en la pantalla el ansiado the end, cual vieja película de cinemascope. Espero que tan soñado pinchazo sirva para recomponer un poco mi maltrecha salud mental. Y aunque me lance a repartir sin tregua todos los abrazos contenidos durante este último año, sé con seguridad a quiénes voy a dirigirlos, de la misma manera que tengo claro los que bajo ningún concepto los recibirán. Llegado ese momento espero haber sido capaz de controlar tanta emoción absurda y desbordada, que tampoco me parece de recibo dejar escapar la lagrimilla por un simple achuchón en el Zendal.

El elixir
Por Esperanza Goiri
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Circe envidiosa (1892), de John William Waterhouse |
Creo no equivocarme al afirmar que todo el mundo se alegró cuando cayó la última hoja del calendario de 2020. Nos las prometíamos muy felices con el nuevo año. Sin embargo 2021, al que podíamos calificar como “el deseado”, me está empezando a recordar al rey español Fernando VII, denominado también así por las ansias del pueblo de que asumiera el trono para evitar el dominio francés, pero salió rana, y en poco tiempo pasó a ser conocido como el “rey felón”.
A los hechos me remito. Estábamos disfrutando del roscón de Reyes cuando nos encontramos con la primera sorpresa, y no era el haba ni el muñequito escondidos en su masa esponjosa. Un tipo que parecía salido del grupo musical Village People, se paseaba ufano por las salas del Capitolio de los Estados Unidos, seguido de sus secuaces, pretendiendo conseguir por la fuerza lo que las urnas no les habían concedido. El mundo asistía estupefacto al asalto y ocupación del Congreso de uno de los países más poderosos del planeta. La situación, afortunadamente, fue reconducida.
Apenas recuperados del susto, Filomena entró en nuestras vidas. No se presentó de improviso. Chica educada, ya había avisado con antelación de su inminente llegada. La esperábamos emocionados: Madrid nevado y resplandeciente, fotos de ensueño… Pero como esos invitados a los que se acoge por un par de noches y luego se quedan meses en el sofá de tu casa, la Filo ya huele y cansa. Al igual que en los vinilos malos, nos encandiló con su cara A, pero la B ha resultado un fiasco. Bajo su inocente blancura escondía una letal arboricida (en mi calle los ha masacrado a todos); hemos tenido que aprender a caminar como pingüinos y a sortear trampas de hielo, aún así, las urgencias hospitalarias han vivido una continua “fiesta de la escayola” como la calificó uno de los accidentados. Doña Filomena se ha reído a mandíbula batiente mientras veía a los madrileños pegarse por una pala, sumidos en el caos y desconcierto de una ciudad no preparada y mal gestionada para recibirla. Se esperaba poco más que una anécdota y nos llegó un hito. Por desgracia, también ha arrebatado algunas vidas y los daños materiales son incalculables. Mientras tanto la COVID-19, celosa por su protagonismo robado, se ha vengado en forma de tercera ola y juega al despiste camuflada en nuevas cepas.
Si fuera de casa la situación es gélida, dentro nos hemos vuelto a quedar helados ante la avalancha de subida de impuestos, recortes, ERE, ERTE, toques de queda, perímetros de seguridad y demoras en la vacunación. Llamadme loca, pero ante tanta calamidad, tengo la incómoda sensación de que algo o alguien nos está mandando un mensaje, nada sutil, por cierto, y no queremos o no sabemos interpretarlo.
Todas las mañanas relleno una botella grande de agua con “aguantaformo”, resiliencia y resignación cristiana, aromatizadas con limón y jengibre. Añado mi ingrediente secreto y agito el brebaje con brío.Tras unos minutos de reposo, lo bebo a sorbitos a lo largo de la jornada y una de dos: o reviento, o patento el elixir y me forro vendiéndolo.

De muelas y malas hierbas
Por Marisa Díez
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Imagen: Getty images |
Jorge y yo nos conocimos en el instituto y aún
conservamos esa complicidad que fuimos cultivando durante años. Pertenece a ese
grupo de personas a quien no necesito explicar con mucho detalle lo que me
ocurre, porque con pocas palabras ya adivina más o menos por dónde pueden ir
los tiros. Nos vemos de higos a brevas, quizá por miedo a que me obligue a
tumbarme de nuevo en ese sillón maldito, más parecido a un potro de tortura,
pero mi confianza en él nunca se ha visto resentida, a pesar de las distancias.
Todo lo contrario de lo que me ha ocurrido con otro tipo de personajes que este
2020 tan peculiar se ha llevado por delante. Estaban a mi alrededor, nunca dudé
de ellos y me han tenido en el limbo durante más de media vida. Ahora puedo
afirmar que me siento satisfecha por haber despejado mi terreno de las malas
hierbas, de la misma manera que me despojé de mis dos muelas del juicio. Desde
entonces me encuentro mucho más sana, más limpia, en definitiva, más feliz, al
haber atajado el mal desde la raíz.
Esta misma
mañana, repasando mi actividad en alguna red social, me he parado a observar una
foto, fechada el uno de marzo, en la que fui a visitar una exposición del Metro
de Madrid. He sentido vértigo y una especie de angustia en el estómago
intentando descubrir alguna señal que pudiera predecir el caos que sobrevino
tan solo unos días después. Ahí estaba yo, tan contenta, posando con mi mejor
sonrisa, sin presagiar lo que se nos venía encima. Porque en este año de marras
hemos perdido demasiado tiempo, algunas relaciones, muestras infinitas de
cariño y la oportunidad de hacernos mejores. Pero a cambio, al menos en mi
caso, he conseguido averiguar qué parte de mi entorno deseo conservar intacto y
cuál necesita cambios urgentes o, directamente, la eliminación. Así que, de la
misma manera que me despojé sin contemplaciones de las muelas del juicio y me
vi obligada a realizar una limpieza en profundidad del resto de mi dentadura, ahora
estoy en la tarea de dilucidar cuántas piezas de mi engranaje consigo conservar
y cuáles dejo definitivamente en el contenedor de desechos. Algunas puede que,
haciendo un esfuerzo, se conviertan en reciclables, pero hay otras que ni la
mejor labor de reconstrucción conseguirá salvar, porque no siempre disponemos
de un Jorge en nuestra vida capaz de reparar lo que ya está roto sin remedio.
Siempre fui
aficionada a buscar el significado de los sueños y me entretiene encontrar
explicaciones en el mundo onírico. Dicen que soñar con la pérdida de las muelas
nos alerta de cambios importantes que traerán consigo consecuencias imprevisibles.
Durante los últimos meses, a menudo he tenido la sensación de estar inmersa en
una pesadilla sin final. Tan solo espero que al despertar encuentre todo limpio
y reluciente a mi alrededor, porque ya no tengo ganas de volver a hacer
limpieza.

El día que vi "Á bout de souffle"
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Fotograma de la película "Al final de la escapada". |
No era un día como otro cualquiera, tal vez sí. Pongamos que sí. Como cualquier jornada del verano de mi juventud (valga decir adolescencia), barbilampiño y melena al viento, cual zagal venturoso partí a primera hora a clases de recuperación. Las zarandajas matemáticas eran mi desatino. Circunstancia tal también se extendía a los idiomas, siendo el francés un suplicio para mi alma. Cuita la mía, que entre ambas lecciones tres horas quedaban en blanco. Un tiempo que mataba entre chapuzones en la piscina y algún partido de tenis.

La caja de botones
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Imagen: Bluemorphos |

Bandera roja
Hace tiempo que no tengo un sueño feliz. Me refiero a uno de esos capaz de dejar en tu rostro esa extraña huella de satisfacción que no entiendes bien de dónde procede. Cuando empiezas a desperezarte eres consciente de haber sido protagonista involuntaria de una historia que terminó en el momento que despertaste. Y te quedas con cara de tonta al comprender que nada de lo que acabas de disfrutar pertenece a la esfera real. Puede que te hayas trasladado “al sitio de tu recreo”, que gozaras de la compañía de quien está lejos o de un encuentro con alguien que hace tiempo se marchó. Todo era casi tangible y ahora, ahí estás, maldiciendo por haberte despertado. Sabes que es imposible regresar a tu sueño por más que quieras intentarlo, y lo harás, esta misma noche.
De un tiempo a esta parte no hago otra cosa que dar vueltas en la cama. A la izquierda, a la derecha, boca arriba o boca abajo. Me levanto, bebo un vaso de agua, cojo un libro o me tumbo en el sofá. Soy incapaz de dormir más de dos horas seguidas y eso dificulta la probabilidad de sumergirme en un sueño más o menos estimulante. A veces pienso que dedico demasiadas horas al día a soñar despierta y cuando llega la noche no me queda otra que cerrar los ojos e intentar relajarme. Mi cabeza me suplica que la deje descansar y por eso no consigo imaginar dormida nada que supere a lo que ya he fabulado durante el día. Dicen que a lo largo de la noche tenemos varias etapas oníricas y sin embargo hace siglos que cuando me despierto no recuerdo nada. Positivo, me refiero, porque las sombras sí que me acechan a menudo, aunque decido olvidarlas desde el momento en que comienzo la jornada.
Pero a mí me gustaría seguir soñando también dormida. Podría viajar a mis lugares de referencia, los que ahora y en un futuro incierto, se han convertido en una quimera. Hace unos días, un poco angustiada por no sentir el sol en contacto con mi piel, me tumbé en el suelo de la habitación a la hora en la que los rayos entran con más fuerza. Y ahí mismo, con los ojos cerrados, escuché con claridad el murmullo del agua entre las piedras. Por unos minutos me evadí, recordando los buenos momentos, las risas, los abrazos… Y después, como en un quiebro, pude escuchar el sonido de las olas cuando rompen en la playa, mientras en el aire ondeaba la bandera roja ante un mar embravecido. Abrí los ojos y el presente se mostró de golpe y sin tapujos. Ahí estaba yo, tirada en el suelo de la habitación, intentando escapar de este encierro que cada día me resulta más inverosímil.
Nadie había imaginado, ni por un momento, que tendríamos un papel protagonista en esta película de terror. No estábamos preparados ni lo vimos venir. Y ahora somos incapaces de ver el final, de la misma manera que no supimos vislumbrar el principio. Cada día me observo en el espejo, intentando descubrir si la imagen que encuentro reflejada es la misma de hace unas semanas. Podría pensar que sí, pero dudo. Quizá antes sonreía con más fuerza o aquella arruga se veía mucho menos pronunciada. No estoy segura, pero temo que al final de este encierro, nosotros, los de entonces, ya nunca volvamos a ser los mismos.
Hace tiempo que no consigo soñar de noche lo que imagino de día. En un rato voy a tomar de nuevo mi dosis necesaria de vitamina D. El sol entra en mi habitación alrededor de las doce y parece brillar con una fuerza desconocida en este cielo tan azul que estos días luce Madrid. Pero acechan nubarrones grises en el horizonte y mucho me temo que en breve ondeará de nuevo la bandera roja.

Biblioteca de Javier y Pili
Por José María Ruiz del Álamo
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Librería de la Cuesta de Moyano. EFE. |
Nada como sentarse en el sofá un sábado a mediodía, máxime cuando los rayos del sol comienzan a atravesar el cristal del balcón y tornan a posarse en él. Allí me arrebujo. ¡Qué gustito, qué a gustito! Música, bebida y una novela completan la naturaleza (no muerta). ¡Cómo luce el astro en este febrero 2020!
Hora y media de absoluta calma. Atrás dejo los quehaceres de la semana, ya el domingo me plantearé nuevos avatares. Cada quien marca sus horarios, a esa libertad me atengo. Paz, para qué más. Al tocadiscos le encanta Ennio Morricone, un cubito de hielo demanda el vermut, y un lance con la prosa de Simenon. Concretamente, Maigret en los bajos fondos.

La piscina
Por Esperanza Goiri
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Imagen: ddzphoto |
Es justo reconocer que, aun en plena temporada “piscinera”, al tratarse de dos comunidades pequeñas y cívicas, no provocan los ruidos e inconvenientes asociados a ese entorno. Así que durante el día me olvido por completo de su existencia. Sin embargo, admito que, en alguna tórrida noche estival, asomada a la ventana, me he quedado absorta observándolas. Las piscinas están separadas por un muro medianero, pero tienen casi el mismo tamaño y quedan paralelas. En la oscuridad, iluminadas por sus focos interiores, destacan como dos enormes ojos. Difieren en su color, una es de intenso turquesa; la otra, de un verde azulado. Al igual que las personas y animales con heterocromía, esas pupilas acuáticas producen un efecto inquietante y sugestivo al mismo tiempo. No soy la única atrapada por su influjo. En su contemplación, más de una vez he coincidido con un hermoso gato negro, uno de los muchos que viven en el solar próximo. Siempre llega solo. Tras saltar la pared, pasea majestuoso y elegante por el bordillo de la piscina hasta dejarse caer con indolencia en un punto concreto, al lado de una de las escalerillas. Ambos compartimos el espacio, próximos pero ajenos el uno del otro. Yo, dándole vueltas a esos pensamientos, a veces absurdos, que asaltan a los insomnes. Él, sumido en razonamientos gatunos, cualesquiera que sean. Los dos disfrutando de la tranquilidad nocturna y de la sensación de frescor proporcionada por el agua.

Burlas del destino
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Chair Car (1965), de Edward Hopper |
De pronto reparó en que estaba de pie y abandonaba su asiento; con cierta parsimonia atravesó el vagón hacia la puerta de salida y la abrió tirando con fuerza. Había tomado una decisión, y un entusiasmo que no sentía desde hace tiempo sustituía ahora a su anterior indiferencia. El viento azotaba su rostro, dio un paso y vaciló, no por indecisión, sino para calibrar mejor las posibilidades de éxito. El paisaje que atravesaban le pareció demasiado llano para su propósito, conocía el recorrido y creyó conveniente esperar hasta llegar al desfiladero antes de entrar en el túnel; entonces lo haría. No se trataba de una fuga, sino la salida voluntaria de un escenario al que se había subido sin ser consciente de su consentimiento. Era un acto de libertad. Esperaba el momento idóneo para dar el salto, cuando la máquina de un bandazo le hizo perder el equilibrio y golpeó contra la puerta su cuerpo que rebotó hacia el exterior. Rodó por la despreciada llanura al tiempo que llegaba a sus oídos el estruendo provocado por el choque de trenes. Con tan solo algunas magulladuras y rasguños causados por la maleza, contempló con perplejidad el amasijo de hierros en que se había convertido su vagón.

Acaece
Por José María Ruiz del Álamo
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Golondrina - Amor (1934), de Joan Miró. |
Siempre en el crecer acaece el ser: arroyo volcánico de sentimientos, profundo lago de reflexión, catarata de tribulaciones administrativas, río de la vida, charco nigérrimo, afluente reverberante y océano de soledad.

De carne y hueso
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Marilyn Monroe firmando autógrafos para sus fans en 1953. Foto: Milton Greene |
En esa ocasión, el duque de Edimburgo se mostró expectante e inquieto como estaría cualquiera al conocer a alguien famoso. Pero olvidó un pequeño detalle que, tal vez, le hubiera evitado el chasco ante la conducta de sus héroes. No tuvo en cuenta que él mismo también era un personaje público. Como tal, ya había percibido, en otras situaciones, claras señales de desilusión en sus propios admiradores que esperaban encontrar a un digno representante de la Corona Británica y solo hallaron a un sujeto mal encarado y sarcástico. Obvió que detrás de cada celebridad hay una persona de carne y hueso. Como simples seres mortales, tienen malos días, padecen dolencias, pueden ser inseguros, ególatras, tiranos, simples, acomplejados… Incurrir en manías, supersticiones, cambiar de opinión, cansarse o ser infinitamente aburridos. Cada uno arrastra sus propias circunstancias y es imposible que encajen en las ideas preconcebidas que cada simpatizante tenga de ellos. Hay muchas papeletas para que pierdan en el cara a cara. Ya se sabe que las expectativas de los demás pueden ser un pozo sin fondo.

Las enseñanzas de Mafalda
Por Juana Celestino
Conocí a Mafalda ya siendo adulta. Fue en casa de un compañero de COU; mientras curioseaba en su biblioteca descubrí la obra de Quino que pronto me fascinó con su poderosa imaginería visual y el rompedor discurso tan adelantado en el tiempo. De una sentada leí la colección completa con las aventuras de esta niña —que odia la sopa, tiene una tortuga llamada Burocracia, no soporta a James Bond y es fan del Pájaro Loco, hasta el punto de pedir a gritos que se le conceda un Óscar— recibiendo un soplo de aire fresco con su humor y sus verdades que forman todo un catálogo doméstico-social.
El genial Joaquín Salvador LavadoTejón, Quino, fue merecidamente galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2014 “por sus lúcidos mensajes que siguen vigentes, por haber combinado con sabiduría la simplicidad en el trazo del dibujo con la profundidad de su pensamiento, y por el enorme valor educativo de su obra”. El padre de la universal Mafalda ha creado una de las obras más honestas que se hayan publicado, con una galería de personajes que representan diferentes arquetipos de adultos: Manolito, el materialista admirador de Rockefeller; Susanita, el ama de casa conservadora y conformista; el eterno soñador Felipe; Miguelito, otro soñador, pero muy ególatra y narcisista; la anarquista, crítica e incisiva Libertad; el ingenuo Guille. Todos ellos aún perviven; acompañan y complementan el mundo de Mafalda, esta pequeña filósofa que debería ser declarada en opinión de muchos (y también en la mía) Patrimonio de la Humanidad.

Empatía
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Ilustración de Christian Schloe |
Se había hecho estas reflexiones tras enfrentarse a una especie de caos que, por unos días, puso su vida patas arriba. No lo vio venir y tuvo que lidiar con la incomprensión de quienes la acusaron de no haber estado lo suficientemente alerta. Se sintió perdida y un poco abandonada, mientras intentaba poner orden en todo aquel desconcierto. El mero hecho de tener que superar una situación que consideró extrema, dejó al descubierto su vulnerabilidad. Hasta ese momento estaba convencida de ser fuerte, pero empezó a ser consciente de su absoluta incapacidad para luchar contra lo desconocido y, por momentos, se vio desbordada y exhausta.

Calendario de vida
Por José María Ruiz del Álamo
Hasta hace unos días hubiese jurado que mi encuentro con los cinestudios madrileños vino dado por cuestiones “intelectuales”. Años de instituto, cuando la profesora de francés propuso llevarnos al cine a ver Pauline en la playa. Concertada quedó la fecha, pero dos días antes fue a verla ella con los alumnos de COU y determinó que moralmente no convenía que viésemos tamaña promiscuidad. Lástima, porque hubiese sido la primera vez que asistiese al desaparecido cine Alphaville (hoy renombrado Golem); además la profesora no consiguió que el título pasase al olvido, al contrario, aquella prohibición estimuló el interés.

El "bombillazo"
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Imagen: Wallpapers |
No sé exactamente en qué curso ni cómo surgió el tema del “bombillazo”. Fue en algún momento de tercero de BUP o quizás en COU. Sí tengo claro que, una vez instalado en mi vida, se mantuvo hasta que terminé la carrera.

Un cuento para el verano
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Ilustración de John Tenniel para la primera edición de Alicia en el País de las Maravillas (1865) |
El 4 de julio de 1862 el matemático y escritor Charles Lutwidge Dodgson y el reverendo Robinson Duckworth daban un paseo en barca por el Támesis con las tres hijas pequeñas de un amigo, las hermanas Liddell: Lorina, Alice y Edith. El calor apretaba, las pequeñas se aburrían y decidieron arrimar la barca a la sombra de la orilla; fue entonces cuando Dodgson, sobre la marcha, dio rienda suelta a su fantasía con un relato donde la curiosidad de una niña la lleva a precipitarse por la madriguera de un conejo blanco. La historia gustó tanto a sus oyentes que la mediana de las hermanas, Alice, pidió que el cuento no se perdiera y lo fijara en el papel. Dodgson pasó toda la noche escribiendo un relato que tituló Las aventuras de Alicia en el mundo subterráneo y le regaló el manuscrito a la niña. Tres años después llegaron a las librerías los primeros ejemplares de, ahora sí, Alicia en el país de las Maravillas, firmado con el seudónimo de Lewis Carroll, ese científico, genio de las matemáticas y de los enredos de la lógica, maestro de las adivinanzas, inventor, pionero de la fotografía, y quién sabe cuántas cosas más.

El ojo vago
Por Marisa Díez
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Imagen: Wikimedia Commons |
Ignoro la razón por la que mis hermanas se lanzan a contar sus recuerdos a partir de una edad en la que yo soy incapaz de acordarme de nada. Me da envidia, y hasta cierta rabia, porque si las cuatro convivimos en la misma casa, el mismo barrio y, por descontado, la misma ciudad, durante toda nuestra infancia ¿cómo es que yo tardé más tiempo que ninguna de ellas en elegir aquello que no iba a olvidar nunca? Mi hermana mayor conserva recuerdos nítidos de sus dos o tres años, durante una visita a Bretún, el pueblo de mi madre: un paseo a caballo, la figura del bisabuelo sentado en la puerta de la casa y que alguien, no sabe quién, le regaló un huevo. Tal cual. Un huevo. Supongo que fue la extrañeza de tan inusual obsequio para una niña de ciudad, lo que disparó una especie de resorte en su mente infantil y le impidió olvidarlo. Otra de mis hermanas puede evocar, con absoluta claridad, el “río grande” que corría junto a la casa de veraneo que ocupamos durante unas vacaciones, la figura de un gato enorme que la asustaba y el transcurrir de los días sentada en una piedra con los pies en el agua. Y tendría aproximadamente la misma edad, alrededor de tres años. Con el paso del tiempo, alguna visita posterior al mismo lugar, le hizo constatar que ni el río tenía las dimensiones recordadas, ni mucho menos los gatos eran aquellos monstruos que se le aparecían para atemorizarla.
Por qué seleccionamos unos recuerdos sobre otros, y a partir de cuándo conseguimos revivir determinadas situaciones con relativa lucidez, es una cuestión que se me escapa. Por qué damos prioridad a unos hechos y sin embargo olvidamos por completo otros; qué razón oculta nos ayuda a elegir lo que entrará a formar parte de nuestra historia y en qué nos basamos para decidir cuándo algo es lo suficientemente importante para no olvidarlo.
Mi primer recuerdo no es nada divertido, aunque tampoco lo he vivido nunca como algo traumático. Me veo en la cocina de casa, rodeada de mis padres, mis hermanas y mi tío, quien había sentenciado que yo no tenía la misma visión en un ojo que en el otro. Para confirmar su hipótesis, allí mismo y delante de todos, me tapó uno de ellos ¡con una cuchara! Y de aquella manera tan rudimentaria pudo constatar que sus sospechas eran ciertas y que yo, básicamente, no veía ni jota por mi dichoso ojo torcido. A ver, que tampoco tengo conciencia de que me importase demasiado, pues veía perfectamente por el otro, pero sé que mi familia puso el grito en el cielo y se escuchó algún que otro llanto. Al final, con los años, la sangre no llegó al río. Durante mucho tiempo llevé unas gafas horribles que a mí me encantaban y cuidaba con esmero. Jamás las rompí ni me las quitaba, y, aunque mi ojo vago nunca recuperó la visión perfecta, no recuerdo haberlo vivido como algo preocupante, más allá de un ligero fastidio por no poder presumir de una mirada alineada, como la que tenían mis amigos, y de la que yo siempre carecí.
Pero continúo sin poder explicar la razón por la que seleccioné aquel momento como el primero que entraría a formar parte de mi almacén de vivencias. Desde entonces sigo buscando la manera de elegir mis recuerdos, para quedarme con los que me interesan y desechar todos los que me producen malas vibraciones. En ello estoy. Todavía no lo he conseguido, pero dadme un poco más de tiempo.

Ochocientas películas y un biberón
Por José María Ruiz del Álamo
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Gran galería del Louvre, de Hubert Robert. |
La estadística así lo confirma, perdemos el control del tiempo frente a esas luminiscencias, quedamos absortos. Nuestro hábitat se ha llenado de reflectores, ya sean televisiones, ordenadores, tabletas, móviles… Los juegos van al vídeo, mientras a los “books” se le añade la “e”. Todo está informatizado, quizá nuestras células vengan a transformarse en códigos binarios o en píxeles.
